No hace mucho, en un sitio virtual muy agradable para estar, pues te acicatea constantemente a leer y escribir mejor, en claro contraste a lo que se han convertido hoy las redes sociales, conversábamos sobre tres cuentos de autores latinoamericanos.
Se trataba de “La insignia” de Julio Ramón Ribeyro, “El diente roto” de Pedro Emilio Coll, y "Funes el memorioso" de Jorge Luis Borges. Los tres cuentos fueron llegando a nuestra conversación en el orden como fueron descritos acá.
En “La Insignia” un transeúnte normal y corriente se ve enaltecido por el uso de un distintivo que encuentra. Por razones que no logra explicar, termina ascendiendo en una misteriosa sociedad secreta hasta su cúspide, gozando de las mieles del poder.
Esta historia trajo a la conversación a Juan Peña, protagonista de “El Diente Roto”, quien también asciende en la vida, en su caso gracias a un diagnóstico equivocado, mientras no hace otra cosa que tantearse con la lengua la forma de sierra que le dejó un peñonazo en la punta de un diente.
Juan Peña casi llega a Presidente, pero se lo lleva por delante una apoplejía - lo que hoy en día entendemos como accidente cerebro vascular. La conclusión de Pedro Emilio Coll fue que nuestro protagonista nunca había tenido tiempo de pensar.
Conversando en el agradable chat, surgió “Funes el Memorioso” del portentoso Borges, uno de los santos patronos de aquel vecindario. A la historia de Funes costó más entrarle: la narración del porteño es barroca, merecedora de varias repasadas para captar todos sus matices.
Funes vino a cuento como una comparación entre Peña y él, por cuanto se trata de un personaje inexplicable, con una memoria prodigiosa desarrollada a raíz de un accidente que lo deja tullido en su cama y por ello propenso a aumentar su sabiduría con aparente facilidad, lo que le permite expresarse en varios idiomas y desarrollar sistemas propios de numeración con los que codifica el universo.
Decía uno de los contertulios que Funes era un ser primitivo, aprisionado por una memoria infinita, mientras que Peña era un personaje reconocido y galardonado con una mente casi en blanco, por lo que era interesante trazarse un paralelo entre ambos.
Al principio de la conversación, se decía que la narración de Ribeyro era una crítica a la obediencia ciega y la burocracia, en la medida que nos describía al ignoto personaje. En efecto, el protagonista no aparece nombrado, a diferencia del venezolano y el uruguayo, el peruano, además narrador, nunca nos revela su nombre. Solamente se nos menciona otros personajes colaterales como el librero Martín, o el pobre Feifer, muerto a bastonazos en Pilsen.
Funes yace en su cama mientras fuma y aprende. El narrador de nuestra historia, en su último día en la ciudad de Fray Bentos, va hasta su casa a recuperar su "Historia natural" de Plinio y el diccionario de latín que le prestó, y se queda embelesado toda la noche conversando con el tullido personaje. Lamentamos no saber qué termina sucediendo con su enfermo padre, por quien fue súbitamente convocado de regreso a Buenos Aires, pero la curiosidad queda en segundo plano ante la mitad final del relato borgiano, que es un elenco de sorpresas en la invalidez de Funes: El personaje es una esponja de conocimiento que va aprehendiendo de la realidad que lo rodea sin necesidad de moverse de su cama y que termina captando la fragilidad de la vida como solo los humanos somos capaces de hacerlo.
Funes es un hombre primitivo condenado en su cama a ver el orbe y codificarlo en el mayor anonimato gracias a la habilidad que le ha llegado a partir del accidente que lo postró, mientras que Peña está condenado por su reputación consagrada a ascender sin mérito alguno, hasta que la muerte lo detiene y pone en su sitio. Ambos personajes, a decir de los narradores, nunca pensaron. El peruano sin nombre asciende y se engrandece gracias al azar sin explicarse por qué.
Los tres autores nos hacen reflexionar acerca de la peculiar forma que tenemos los hombres de lidiar con nuestra realidad, muchas veces avanzando gracias a factores inexplicables o furtivos que necesariamente influyen en nuestras carreras sin que podamos hacer nada para evitarlo o merecerlo.
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